
El encuentro más cercano con Jesús lo tenemos allí cuando golpeamos una puerta y alguien abre su corazón y nos cuenta algo, o llora o reza con nosotros, cuando podemos leerla la Palabra o simplemente decirle que no está solo y que vamos a rezar por él.
Pero no debemos olvidarnos que no es un encuentro individual y personalista: vamos en nombre de la comunidad que nos envía, acompaña y sostiene con su servicio y luego nos recibe cordialmente y con brazos abiertos para enriquecerse (y enriquecernos) al compartir la experiencia. Al encuentro con el otro, y la compañía de la comunidad sólo falta agregar la oración que alienta y sostiene al misionero.
Con estos tres elementos, misionar no sólo será más fácil sino más eficaz y enriquecedor.



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